Bienvenidos al paraíso

por Scott McGough el 16 de mayo de 2013

Desciende la pasarela del barco y la inspectora Ellen Kiel se prepara para dar la bienvenida a los recién llegados. Las órdenes de los superiores eran mantener a todos los visitantes de la Cala del Sol Austral con vida y sin un rasguño, y el capitán Magnus contaba con ella para cumplirlas. Magnus había surcado las peligrosas aguas de la política del Consejo del Capitán en nombre de toda la Guardia del León. Lo mínimo que podía hacer Kiel para apoyarlo era hacer de anfitriona con los ingenuos ricachones engañados por las promesas del Consorcio de diversión al sol.

Dejar a los recién llegados en la isla sin advertirlos debidamente ya había resultado desastroso en otras ocasiones. Los turistas heridos afectaban a los planes de desarrollo del Consorcio, lo cual a su vez afectaba a los concejales, que retiraron los fondos al Consorcio, que a su vez afectaba a Magnus, repercutiendo así en toda la Guardia del León. Y allí estaba Kiel, con una media sonrisa tensa y una mirada de optimismo falso.

Al menos era un grupo reducido. Algunos charr y un puñado de norn, probablemente unidos por tener puestos similares como “facilitadores” o “solucionadores de problemas”, o como quiera que el Consorcio llamase ahora a sus matones a sueldo.

—¿La primera vez en la Cala del Sol Austral? —dijo Kiel.

Uno de los char le enseñó la insignia del Consorcio de su armadura y sonrió.

—Trabajamos aquí —dijo.

Kiel maldijo para sus adentros. Debería haber reconocido al menos a algunos de los del grupo, pero entre los refugiados y las contrataciones del Consorcio (que a veces eran la misma cosa), había demasiadas caras nuevas como para tenerlos controlados a todos. Kiel se disponía a escaquearse cuando apareció un último pasajero para desembarcar.

Era una rubia impresionante enfundada en un vestido dorado que sorprendió a Kiel por su indecencia y elegancia a partes iguales. Estaba claro que se trataba de una mujer culta, puede incluso que fuera de la nobleza: su porte perfecto, su paso elegante, su expresión serena y tranquila… Aunque sus ojos transmitían desasosiego y Kiel reconoció la mirada de alguien turbado por un grave problema.

Intrigada, Kiel se acercó a ella y le dijo:

—Bienvenida a la Cala del Sol Austral, mi señora. ¿Es su primera visita a nuestra isla?

Los ojos de la rubia noble se abrieron y perdieron todo rastro de nerviosismo.

—Muchas gracias —dijo, con una voz tan refinada y seductora como el resto de su ser—. La verdad es que es mi primera visita —le tendió la mano—. Lady Kasmeer Meade. Por favor, llámame Kasmeer.

—Inspectora Kiel, de la Guardia del León —Kiel estrechó su elegante mano. Lady Kasmeer le correspondió apretando firmemente. Tenía las uñas perfectas y la piel impecable, pero aquella no era la mano de alguien que no conocía el trabajo duro.

Uno de los ojos de buey del barco se abrió cerca de la proa y un hombre delgado y fuerte con ropas elegantes asomó por él torpemente intentando salir. Un polizón, pensó Kiel. La inspectora le soltó la mano a Kasmeer y observó al hombre avanzar con dificultad por la pequeña abertura. Cuando sus caderas lograron dejar atrás el ojo de buey, espetó un grito suave y cayó al océano salpicando con fuerza.

Al final, la mano del polizón logró alcanzar el bordillo del muelle y se impulsó hacia arriba. Tenía su pelo castaño pegado al cráneo y el caro traje que llevaba estaba totalmente empapado. Chorreando y temblando, rodó a un lado con la respiración entrecortada, inhalando aire y tosiendo nubes brumosas de agua de mar.

Lady Kasmeer miró hacia el muelle. Un leve gesto de incomodidad le hizo fruncir sus facciones perfectas.

—Disculpe, mi señora —Kiel hizo una señal con la cabeza hacia el hombre y crujió los nudillos con impaciencia—. Tengo que ir a meter a alguien en el calabozo.

—No es necesario —dijo Kasmeer—. Es un viejo amigo. Estoy tratando de evitar viejos amigos en este viaje, pero créame: no es peligroso.

—Pero es un polizón. Y está en mi isla, lo cual lo convierte en mi problema.

—Yo respondo por él. No es que me agrade, pero… si da problemas estando aquí, yo me hago responsable.

Kiel se detuvo, observando la sutil determinación de Kasmeer. La noble no tenía miedo de aquel tipo, pero tampoco se alegraba de verlo precisamente.

—¿Quiere que lo retrase? —dijo Kiel—. Al menos así podrá librarse de él.

—No, gracias —dijo Kasmeer—. Pero si pudiera indicarme dónde queda el complejo de Islote Perlado, le estaría muy agradecida.

—Haré algo mejor que eso —dijo Kiel—. Tengo que patrullar la isla de todos modos. Será un placer hacerle de guía y protegerla hasta llegar al complejo. Aunque eso supone que su amigo tendrá que apañárselas por su cuenta.

—Ha llegado hasta aquí solito —El tono de Kasmeer era suave y despreocupado, pero su mirada era incisiva—. Ha dicho “protegerme”. ¿Tan peligrosa es esta isla?

—Me temo que sí. La fauna local tiende a atacar. Y los lugareños no se quedan cortos.

—¿Incluso en el complejo?

—Digamos que estará a salvo en lugares cerrados, mi señora. Eso sí, no vaya a la playa sola.

—Por favor, llámeme Kasmeer. Y gracias por el consejo. Trabajo para un investigador privado en Linde de la Divinidad y me reúno con algunos clientes potenciales para cenar en Islote Perlado. No creo que nos la sirvan al aire libre —esbozó una cálida y deslumbrante sonrisa—. No al precio que me dieron, desde luego.

El polizón gruñó mientras se obligaba a sentarse en el muelle. Estrujó la manga de su chaqueta de seda y devolvió el agua marina a su hogar.

—En serio —Kiel dirigió la mirada hacia el hombre—. Si se mete en problemas, dígamelo. Soy la jefa de los solucionadores de problemas por aquí.

—Es muy amable —dijo Kasmeer—. Pero Lord Faren es uno de los pocos nobles de Linde de la Divinidad que no supone un problema. Viene con sus propios desafíos, pero al menos no… —Kasmeer se contuvo, y luego volvió a sonreír brevemente—. No juzga a la gente por circunstancias ajenas a su control.

—Un bicho raro, entonces —dijo Kiel—. El mundo necesita más gente así.

—Estoy totalmente de acuerdo. Pero ahora, con su permiso, estoy deseando ver la isla.

—La llevaré al complejo. Después, si necesita ayuda en cualquier momento, por cualquier razón, llame al miembro de la Guardia del León más cercano y pregunte por mí.

—Así haré, descuide — dijo Kasmeer, con su brillante sonrisa—. La Cala del Sol Austral puede ser más problemática de lo que anuncian, pero siento cierta seguridad teniendo a la jefa de sus solucionadores de problemas a mi lado.

A lo lejos, Kiel oyó el alarido de un karka y el rugido de un draco de arrecife. Se los imaginó despedazándose entre sí, y a cualquiera que estuviera a tiro. Se imaginó a los solucionadores de problemas del Consorcio enfrentándose a los indómitos residentes. Pensó en los tiburones en el agua, los jinetes de arrecife en las colinas y las traicioneras aguas revueltas que se habían tragado a los bañistas imprudentes. Se preguntó si la gente como Kasmeer estaría alguna vez a salvo aquí, al margen de quién estuviera de su lado.

—Por aquí, mi… —Kiel se detuvo a tiempo y reculó—. Kasmeer. Sé que tendrá una estancia memorable. Ahora iremos a sus dependencias, y luego la devolveremos a casa sana y salva.

“La gente como Kasmeer estaría a salvo aquí”, se dijo Kiel para sus adentros. Tenían que estarlo. Era su trabajo mantenerlos a salvo, y el capitán Magnus contaba con ella.